miércoles, 20 de julio de 2011

Now come on, come all to this tragic affair.

Absorto en su estela, caminaba con ella, es decir, con lo remanente de su figura por las calles vacías y tortuosas. La luz arrojada por las farolas se confundía con el vaho de cien mil aspersores humanos, inconscientes, que arrojaban su niebla en aquel relente de tungsteno. El sordo latido innecesario de la ceniza enrarecía el ambiente, un amasijo de instintos inertes y exangües, de un conformismo inusitado. Se deslizaba, amnésica, la corriente de agua sobre el alquitrán, las siluetas no ofrecían complicidad y el humo no quería ser brisa. Faros contradictorios despedían puñaladas de neón que se asían a la chaqueta en busca de un hueco que parasitar. Los cigarros envenenaban, corroían y sangraban, rasgaban el cielo , inescrutable.
Ojalá la culpa no fuese tan nítida, enfocada y abierta. No insistiría aquel animal de cristales rotos, anaquel, exoesqueleto. Ahora no podría ni respirar, ni entrar en los ascensores, ni tocar el agua, ni pronunciar el metal. Ascendía desde recónditos eriales el tenue vacío, proyectado como un holograma sobre todos y cada uno de los huecos que me descuartizan. No es cierto que sólo se puede destruir la materia. Porque, ahora mismo, desde entonces, no soy materia, sustancia, ser. Ni siquiera máscara. Un hilo demasiado mortal se balancea - tiene miedo, yo también - , pero es inútil, ya que de mi nombre no queda ni siquiera la desesperanza.

  El asfalto azul marino. Su tez sonriente, su miedo a la oscuridad. Y el rojo no fue suficiente para ahogar el metal, y la velocidad me secó las lágrimas. El suelo tocaría un minueto de un océano insondable, en el que el olor a ocaso, rojo, se escurriría en un blanco roto. Vacío, futuro. Pero él no lo sabía y, neutro, no perdonó la casualidad ni siquiera con la lluvia. El agua que lo comprendía todo, que anegaba su sonrisa, inundaba cada célula de aire y ahogaba. Le había dicho que su vestido parecía un telón de teatro. Un escalofrío lleno de ironía partiría mi cuerpo en dos, desparramaría mis vísceras y el espectáculo acabaría para siempre. Desde entonces, no necesito máscaras.Además, su mirada era de un terciopelo frío. Ni siquiera tuvo tiempo de perforarme los tímpanos con sus dos carámbanos de color turquesa. Ni siquiera corría aire. Paredes de aire nos observaban como guardianes, ojo avizor, de una antiquísima reliquia de valor incalculable. Se habían llevado ya la libertad de muchas personas, la libertad de respirar ocasos. La claustrofobia debería ser anunciada en el parte meteorológico. La claustrofobia es un clima, un ecosistema. Con la vertiginosa aridez de un iceberg resquebrajándose, la claustrofobia se convirtió en pérdida. Y la pérdida en fantasma. Cada neón, como un ojo que jamás parpadea, fue también testigo de su ida. Alambres, turquesa roto y la luna que ya jamás volvería a pestañear, marcaron el epílogo a fuego sobre mi conciencia.



 

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